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Parashat Vaieshev:
Bereshit Cap. XXXVII - XL

El miedo a los cambios

Todos los personajes centrales de Bereshít sueñan: Abrahám, Itzják, Iaakóv y ahora Ioséf enfrentan la vida con un pie en la realidad temporal, y el otro en el mundo de los sueños, el deseo, la búsqueda espiritual y la utopía.

En esta parashá, Ioséf se enfrenta a sus hermanos: nos encontramos ante una seria crisis, entre realistas tradicionalistas por un lado, y el soñador radical por el otro. Los hermanos tenían sobrados motivos para odiar a Ioséf: era ostensiblemente el preferido de su padre, soñador como él; y su lenguaje, su forma de pensar, su búsqueda vital eran ajenas a las de todos los demás.

De todos los conflictos que, a esta altura de su vida, ya ha pasado Iaakóv, éste es el primero que ocurre dentro de su familia. Iaakóv ama a Ioséf más que al resto de sus hermanos, porque Ioséf es el hijo de Rajél, su primer y mayor amor, y porque es a su vez un soñador. Al obsequiarle una camisa de rayas, símbolo de sentimiento aunque no de riqueza, Iaakóv hace manifiesta su preferencia por Ioséf; y el resto de sus hijos pasan a odiar a su hermano hasta ser incapaces de hablar pacíficamente con él.

Lo que molesta a los hermanos de Ioséf no es el valor económico de la camisa. Según explica el Talmud, ésta habría costado 2 slaím, un precio muy bajo. Lo que molesta a los hermanos de Ioséf es el valor afectivo del obsequio: para provocar distanciamiento y rencor entre hermanos no se necesita de grandes regalos, de autos y tecnología; basta con una pequeña diferencia en el amor que se manifiesta, que no necesita, y frecuentemente tampoco puede, ser argumentado. Del hecho de que una camisa cambiara radicalmente el destino de Israel, el Talmud concluye que no se debe realizar diferencias materiales ni afectivas respecto de los hijos, ya que es mucho mayor el daño que el beneficio que provocan.

Definitivamente, como buen continuador del camino heredado, Ioséf sueña sueños que lo hacen mucho más peligroso para la "sociedad", para lo "mayoritariamente aceptado y establecido", que el propio Iaakóv. Su padre sueña con escaleras, con ángeles, con Dios y con el cielo. Ioséf, en base a los mismos arquetipos que hereda, sueña con hombres, con campos, con gavillas. Iaakóv soñaba "con" Dios, e ingresaba oníricamente en el cielo. Ioséf sueña, directamente, el origen de la economía en la existencia humana; y sus sueños lo llevan a controlar la tierra.

Transformado en enemigo público para quienes detentan el conservadorismo de las estructuras y el miedo a los cambios, llega la hora en que Ioséf debe ser sacado del medio. Los hermanos se confabulan, lo secuestran y lo venden como esclavo a una caravana de Ismaelitas. Inmediatamente, proyectan su triunfo en la camisa, símbolo de lo que odiaban en Ioséf: la rasgan, la manchan con sangre de cordero, y la llevan a su padre quien, seguro de que su favorito ha sido devorado por una bestia, asume de ahí en más una existencia de luto permanente.

Ioséf representa la imagen del revolucionario, del utopista que invoca y provoca cambios en la realidad. Los hermanos entendieron que, en tanto soñador amado, de su mano sobrevendría una nueva estructura familiar y social, y no quisieron correr el riesgo que los cambios implican; prefirieron seguir en la realidad cotidiana y conocida, para bien y para mal.

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