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Parashat Devarím: ¿Cómo se logra la justicia? Con esta parashá comienza el quinto y último libro de la Torá. Preparando su partida, Moshé presenta el legado espiritual que dará a su pueblo por heredad. " Y en esa ocasión ordené a vuestros jueces: Atiendan a sus hermanos y juzguen con rectitud entre todo hombre y su hermano y el extranjero que mora con él. No hagan ninguna distinción entre personas en los juicios; oigan tanto al humilde como al poderoso. No teman a nadie, porque el juicio es de Dios". Las fórmulas que habrán de regir la vida del pueblo de Israel son sintetizadas de este modo por Moshé. La justicia -se desprende de las palabras de Moshé- no se garantiza con la sóla existencia de abogados y jurados; menos aún con habilidades retóricas. Por el contrario, la justicia nace y germina en el mero hecho de que un juez ecuánime "atienda" y se relacione con la realidad de su prójimo y traduzca la ley a la realidad concreta que debe resolver. En hebreo, el concepto de "atender" (lehaazín) nace de igual raíz que "equilibrio" (Izún) y "oído" (Ozen). De aquí aprendemos que el equilibrio físico se encuentra en los oídos; y por otro lado, que el tener una boca y dos oídos hace que una actitud equilibrada en el hombre esté signada por la necesidad de escuchar, atender, el doble de lo que se habla. En este punto caben aún algunas observaciones. Rashí
advierte que la "atención" en tanto valor fundamental que hace
lugar a la justicia, se conjuga únicamente en tiempo presente. Haber
atendido en el pasado ("ya te escuché") o comprometer la atención
para un futuro, no son variantes del mismo concepto: la atención real se
presta en función de que las "Atiendan a sus hermanos", comienza diciendo Moshé. Para realmente atender al prójimo, debe existir un lazo de hermandad que nos una a él. Los conflictos entre las personas tienen su fundamento, de acuerdo a esta concepción, en las distancias ( biológicas, culturales, ideológicas, etc.) que no nos permiten ver en nuestro prójimo un hermano, e impiden que nos comuniquemos con su propia realidad. A continuación, Moshé prescribe que la atención debe ser prestada a todos los hombres, sin distinción de ningún tipo. "Al humilde y al poderoso"; todos deben ser atendidos por igual. A partir de esta precisión extrae el Talmud la ley de "Din prutá kedín meáh", el juicio por uno vale como el juicio por cien. Cada caso es importante para la persona que lo presenta -se nos enseña- , independientemente del valor relativo de lo que se esté litigando. Vimos que, en hebreo, la "atención" está ligada a la audición. La justicia se realiza escuchando al prójimo, antes bien que juzgando por lo que se ve. Las palabras, la voz de una persona, provienen del alma, y la apariencia externa no obligatoriamente refleja la realidad. "No teman a nadie, porque el juicio es de Dios", culmina Moshé su explicación. Si el acto de justicia se realiza transitando los caminos correctos, quien juzga no debe temer. El temor y la inseguridad en el juicio tienen su asidero en la falta de información, en la posibilidad de no haber escuchado, atendido, cuanto hubiese sido necesario. Las leyes de la Torá provienen de Dios, y se aplican a los hombres. Son marcos en los que cabe toda coyuntura, y de cuyas posibilidades de exégesis y aplicación ninguna realidad escapa. Cuando un hombre juzga de acuerdo a las leyes de la Torá, está aplicando la moral Divina; en definitiva, se está responzabilizando como artífice de la justicia de Dios sobre la Tierra.
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