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Parashat Bereishit:
Bereshit Cap. I - VI: 8

El hombre Creador a semejanza de Dios

Esta parashá da comienzo a la lectura de la Torá, brindando la posibilidad de un nuevo ciclo de lectura, estudio y aprendizaje de los textos.

Bereshit es el libro de la Creación del Mundo y del primer Hombre, así como del nacimiento del primer hebreo. El libro en que el Creador se manifiesta, dando forma y dinamizando su morada en el mundo tridimensional, generando la característica primordial de la criatura hecha con la imagen y de acuerdo a la semejanza de su Creador: el Hombre es creador por definición, reflejo de aquél que lo creó.

La cualidad del impulso creativo no se manifiesta básicamente en otra criatura que en el hombre. Las labores de tipo creativo que llevan a cabo distintas especies animales tienen, en el mejor de los casos, carácter utilitario y de provecho inmediato. Pueden construir una vivienda o acumular víveres para el invierno, mas su creación no trasciende los límites de la satisfacción de necesidades básicas.

El hombre, creado "con la imagen y de acuerdo a la semejanza" de su Creador, es impulsado a una vida de constante acción y creación. El hombre refleja a su Dios en la creación, construcción, formación y acción que ejerce a lo largo de su vida.

El hombre debe ser efectivamente conciente de que su condición de creador (ya por naturaleza o desarrollada a voluntad), lejos de transformarlo en Dios, dignifica su condición humana. La misión del hombre sobre la tierra consiste en dar forma concreta a la perfección arquetípica que diseñó el Creador. No somos creadores a nuestra vez, sino proyecciones temporales de su majestad, herramientas temporales del Absoluto.

El hombre tiene la capacidad de recibir la luz, de extraer energía de la materia para iluminar las tinieblas. Puede y debe gobernar las fuerzas del mineral, el vegetal y el animal para organizar el cosmos a partir de un caos primordial en que fue situado para cumplir con su misión. Así, de acuerdo a las capacidades e inclinaciones de cada uno, somos capaces de crear en los ámbitos de la intelectualidad, el arte y la ciencia aplicada; dignificando la vida de nuestra especie, aprendiendo a transformar la naturaleza en herramienta de armonía, tecnología y medio para redimirnos de las trabas que, junto al desafío de superarlas, fueron inscriptas en nuestra propia memoria y naturaleza.

La elección radica en cada uno y, más ampliamente, en la cultura a la que cada uno pertenece y colabora en su permanente desarrollo, aún en la más banal de las actitudes cotidianas. Podemos ser meramente guardianes del mundo, parándonos sobre una torre para tan sólo observar el reino sobre el que extendemos una estéril majestad. O podemos adoptar una actitud contemplativa de espectadores inteligentes, y aprender científicamente los mecanismos que regulan al mundo en que vivimos, evitando sin embargo nuestra intervención que los modificaría.

Sin embargo, la orden que nos hará manifiestamente humanos en armonía con las capacidades que poseemos, no es ninguna de las citadas: el espíritu del "imitatio dei" (imitación de Dios), radica en trascender los dos estados anteriores, e intervenir responsablemente para controlar la naturaleza y guiarla hacia los objetivos para los que, sólo nosotros entre todas las criaturas que nos rodean, estamos capacitados para conducir y ejecutar.

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