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Parashat Vaigash: Las cuatro etapas de la vida humana Esta parashá nos trae uno de los relatos más ejemplarizantes de la Torá, acerca de la vida del judío en el exilio. Ioséf había llegado a Egipto como esclav o, y luego de penurias e injusticias, resulta haber arribado a la posición más poderosa de dicha nación: de esclavo humillado ha pasado a ser un príncipe, un ser temido y obedecido por todos. Es la primera realización, y a nivel superlativo, que encontramos en nuestra tradición, del sueño que todo inmigrante alberga cuando apuesta a integrarse a una nueva sociedad. Hasta el fín de la parashá anterior, Ioséf había sido presentado siempre como un soñador en primera instancia, y más tarde como hombre de gobierno, eficiente administrador, hombre frío y calculador. Recién ahora, cuando se reúne Ioséf con sus hermanos, vamos a vislumbrar sus emociones más profundas, que de algún modo sustentan las características que de él ya conocemos. Los hermanos de Ioséf llegan a Egipto en busca de provisiones. La actitud de Ioséf hacia ellos es distante, severa, casi parece vengativa. Para comenzar, los pone bajo sospecha de espionaje, y exige como prueba de sus descargos la presencia de Biniamín, su hermano menor, y único de su misma madre, Rajél. Otro de sus hermanos queda en Egipto como rehén, hasta que los demás retornan desde Cnáan con Biniamín. Al llegar éste, Ioséf hace esconder entre sus pertenencias una copa del palacio; a continuación lo descubre, lo acusa de robo, traición e ingratitud, y ordena encarcelarlo. A lo largo de toda esta etapa, vemos a un Ioséf distante de su familia, ajeno, indiferente, que de algún modo se toma venganza por las amarguras del pasado. El vínculo familiar aparece irrelevante, como si la mera comunidad de sangre, la contigüidad física experimentada a lo largo de la niñez, no fueran razón suficiente para un vínculo de profunda solidaridad y hermandad en el presente. Hay un sólo argumento que hace que Ioséf reaccione y recupere el compromiso para con su familia. Cuando Iehudá se erige en defensa de Biniamín y exige que sea liberado, pone especial acento en el daño y la amargura irreparable que la pérdida de este hijo ocasionaría a su padre, Iaakóv. Al ser prevenido acerca del dolor que experimentaría su propio padre, cuya responsabilidad caería completamente sobre él, Ioséf cambia inmediatamente de parecer. Kierkegaard sostiene que cada persona pasa, a lo largo de su vida, por cuatro etapas bien definidas, durante las cuales cambian completamente aquellos elementos a los que otorga especial importancia. Estas etapas son: belleza, moralidad, risa y dedicación a temas sagrados y familiares. Ioséf había pasado ya por el período de la belleza en su juventud; más tarde la moralidad y la ideología; culmina ahora su etapa de risa y de cinismo, y es el reencuentro con sus hermanos la llave que lo hace ingresar a la cuarta etapa: el retorno a la sacralidad y la familia. Es en este preciso momento cuando Ioséf, revelándose ante sus hermanos, llora por primera vez. No había llorado antes, cuando fue arrojado al pozo, y tampoco cuando fue vendido como esclavo ni cuando fue encarcelado. Recién ante la presencia de su hermano Biniamín cede paso a la emoción y rompe en llanto, preguntando por la salud de su padre y por la vida de su familia. Ioséf llora a solas con sus hermanos, y envía a buscar a su padre, y cae sobre su cuello para llorar nuevamente. Toda la dureza y la frialdad acumuladas durante sus años como egipcio se disuelven en el momento mismo en que su pasado vuelve a carnalizarse en la persona de su padre, en el cuello de Iaakóv, un soñador como él. Después de muchos años y de un necesario y duro aprendizaje, se cerró el círculo nuevamente, y la familia quedó unida otra vez.
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